Qué fue La Perla, el lugar donde la dictadura actuó sin ley ni Dios

“Desde mediados de diciembre, la ruta nacional 20, que une Córdoba ciudad con Carlos Paz, es una de las más transitadas de la provincia gracias al interés que despierta la famosa temporada teatral de esa localidad, además de la belleza de sus paisajes”
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(De un folleto turístico)

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Y en la mitad de ese tramo de 36, 3 kilómetros se alzan cuatro edificios de ladrillo a la vista. Bien podría tratarse de una fábrica abandonada: todo es silencio en torno… Error. Funcionó desde marzo de 1975 como centro clandestino de detenidos muy poco después de que la presidenta María Estela Martínez de Perón (Isabel) y su vice Italo Argentino Luder firmaron el decreto 261 de “aniquilamiento de la subversión”, y un año después del golpe militar del 24 de marzo: la noche del helicóptero…

Nombre: La Perla (homónimo del pequeño pueblo en que está instalado). Pero el sarcasmo criminal lo bautizó “la Universidad, por todo lo que allí se aprende”, según los represores. Hasta su desbande y clausura, en 1978, pasaron por allí unos 3 mil prisioneros. Su amo y señor fue el general Luciano Benjamín Menéndez (89). Su segundo, el general Juan Bautista Sasiaiñ (murió en 2006), también jefe de la Policía Federal durante la dictadura. Jefe de interrogadores: el teniente primero Ernesto Barreiro. Secuestradores y torturadores: Luis Manzanelli, Carlos Alberto Díaz, Oreste Padován y Ricardo Lardone, además de otros 40, entre oficiales, suboficiales y civiles.

La megacausa La Perla –que comenzó el 4 de diciembre de 2012 y cuya sentencia se conocerá 1359 días después-, acumuló 20 expedientes, 716 víctimas -de las cuales 279 están desaparecidas y solo en 71 casos se recuperaron e identificaron los restos-, 581 testigos y 43 imputados.

Según los dolorosos testimonios logrados durante el proceso, por la CONADEP y en múltiples investigaciones periodísticas, el sello distintivo del tercer edificio –el destinado a las torturas– eran las violaciones masivas de mujeres, y también de hombres. En la puerta de ese infierno se leía “Sala de Terapia Intensiva. No se admiten enfermos”.

SIN SOL Y SIN LUNA.

En ese mismo tercer edificio –”La cuadra”, en la jerga de los asesinos–, los prisioneros pasaban día y noche acostados o sentados en colchonetas rellenas de paja, tapados con frazadas de lana (sólo una por cabeza), maniatados, con los ojos vendados, y comunicándose a duras penas con susurros. La ducha era colectiva. El baño, sólo con permiso y custodia…

La pesadilla terminaba (o seguía en otros ámbitos, en realidad) cuando alguien era tocado por la palabra mágica: “Traslado”. Eufemismo de varias puntas: cambio de prisión, falso régimen de libertad vigilada, alguna liberación, pero en la mayoría de los casos, muerte. Y algo de humor satánico: a los camiones de traslado los llamaban “Menéndez Benz”…

Los métodos de tortura se repetían en todos los campos de las cinco zonas militares en que la dictadura dividió al país: picana eléctrica (los “expertos” en su manejo la llamaban “Margarita”: alusión a su forma), asfixia en bolsas, submarino (la cabeza dentro del agua hasta el límite de resistencia), trompadas, palazos, y el terrible coro de gritos de dolor que se extendía por todo el edificio como preludio para aquellos que, aun debutantes, esperaban turno…

LAS VOCES DEL TERROR

Testimonio de Julia Flores, citado en el libro “Nunca Más” y la novela “El tigre y la nieve”, de Fernando Butazzoni: “Mientras la golpean le gritan que van a matar a la criatura que lleva en el vientre. La insultan y amenazan. En un momento dado le dicen «estás desaparecida en la Perla. De aquí ni Dios, ni el Papa ni el presidente te sacan» Julia, como todos, se había acostumbrado a una espeluznante rutina. En el momento de los traslados, oír su número, el 244, u otro. La diferencia entre vivir un poco más, y el final. Ella vivía a diario el mismo horror que todos “los negros”: así llamaban a los prisioneros los matones de La Perla…

“LÁSTIMA LA DOS VEINTE”

Testimonio de Mercedes (pidió que fuera omitido su apellido: la mano de la venganza suele ser larga…): “El capitán me pasó las manos por la cara, me corrió un mechón de pelo que caía sobre mi frente, y me dijo “Qué linda que estás, negrita… Lástima que vamos a meterte la dos veinte en la vagina”. La dos veinte no necesita explicación: el voltaje de “Margarita”.

Ana Mohaded, sobreviviente, recuerda “un dolor que yo vivía sin razón, y que no sabía cuándo iba a terminar ni cuál era su lógica… Temías que te leyeran el pensamiento… Pero su lógica era el aniquilamiento, el aislamiento, la incomunicación, el aplastamiento total de la persona”.

LA FIESTA DE LOS MONSTRUOS

Otros que escaparon con vida dejaron este testimonio en el libro “Sobrevivientes de La Perla”: “Los prisioneros eran fusilados en los campos aledaños al centro. Hasta allí eran trasladados en un camión bautizado “Menéndez Benz”. Antes de bajar del vehículo eran maniatados. Luego los bajaban, los obligaban a arrodillarse delante de un pozo, y los fusilaban. En los fusilamientos participaban oficiales de todas las unidades del Tercer Cuerpo, desde los subtenientes hasta los generales”.

En 1984, el suboficial Alberto Vega completó ese relato ante la CONADEP: “Después del fusilamiento, y antes de tapar la fosa, los cuerpos eran quemados con cal”. El testimonio de un campesino que alquilaba un campo cercano a La Perla, terminó de ponerle luz a los trágicos hechos bañados de oscuridad: “Vi al general Menéndez ordenar el fusilamiento con ametralladoras de ciento veinte prisioneros. Los cuerpos cayeron en unas cisternas. Luego tiraron petróleo en las cisternas, y se produjo una enorme fogata”. No extraña: ese mismo general dijo en 1977: “Estoy dispuesto a aniquilar a toda una generación”.

El caso Berta Perassi, secuestrada el primer día de julio de 1976, y torturada y fusilada tres semanas después, a los 23 años. Testigo y narradora: María Cristina Nussbaum: “En la madrugada del 25 de junio de 1976 entró a la casa en la que estaba con mi marido un grupo de personas de civil y me preguntaron por Berta, que se había ido unos días antes porque se sentía en peligro. Les mentí. Les dije que no sabía nada de ella, que la había echado porque trató de robarme a mi marido. Uno de los represores estaba vestido como guerrillero: muy largos los pelos y la barba… Al otro día fui a la fábrica de galletitas donde trabajaba Berta, y le avisé. Me visitó unos cuantos jueves, y no la vi más”.

“VI LOS BORCEGOS”

Declaración de Adriana Estela Viera sobre la desaparición de Raúl Cassol, en ese momento pareja de su madre, y empleado y delegado de la empresa SanCor: “Entraron de golpe en casa. No se identificaron ni dijeron por qué venían. Yo tenía 16 años y me había quedado estudiando hasta tarde porque tenía un examen. En ese momento estaba durmiendo en mi cuarto junto con mi hermano. La patota me tapó la cabeza, pero por debajo alcancé a ver un par de borcegos. Esa noche se llevaron a Raúl, y no lo vi más”.

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Y no lo vi más. Ojos vendados. Picana. De noche. De uniforme. De civil. Traslados. Fusilamientos. Las palabras y los hechos se repiten. En La Perla, y al norte, al sur, al este y al oeste de La Perla. Cuarenta años han pasado. Pero la muerte sigue viva ante los jueces. Y en el desolado tercer edificio, para quien sabe oír, quedan los ecos. Los gritos de los torturados.

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