No me hables de Baradel, hablame de la maestra que peinaba a tu hija en los recreos.

No me hables de Baradel. Hablame de la maestra que peinaba a tu hija en los recreos. No me hables de Petrocini. Hablame de la que lleva, año y año y de su bolsillo, un par de cuadernos de más para los que no pudieron pagarlo.

No entres en la dinámica simplista del conflicto entre gremio y estado. Vos sabes, tan bien como yo, que faltan semanas para que tanto políticos como líderes sindicales se forren los bolsillos.

No me hables de los resentidos sin vocación ni de los que lucran impunemente con licencias eternas. Sé que están. Creeme; me repugnan tanto como a vos.

Pensá, antes de sentarte atrás de un teclado a vomitar gansadas, en ese maestro que te inspiró a ser la mejor versión de vos mismo, en esa profe que te llevó a encontrar tu llamado, o en aquel con quien te fundiste en un abrazo eterno cuando te entregó el título.

Pensá, con una mano en el corazón, si después de delegar educación, formación, nutrición, seguridad, contención emocional y tantas otras cosas en la escuela, los que la llevan adelante no merecen cobrar un poco más que el mínimo.

Olvidate, por un segundo, de la política, de las chicanas, las amenazas gremiales, las posturas innegociables, los discursos combativos y las promesas de sangre.

Mirá a los ojos a las maestras y profes de tu hijo o hija. Están peleando la misma que vos. Viven, sienten y sufren la misma Argentina de todos los días. No es unos contra otros, no es padres contra docentes, ni ministros contra sindicatos.

Olvidate de Baradel, de Petrocini, de Finocchiaro, de Vidal. Olvidate de los ejércitos de Twitter, de los periodistas de opinión, de los titulares tendenciosos y del rating. Preguntate simplemente si serías lo que sos si tu profe favorito no se hubiera cruzado en tu camino.

Y si después de todo, todavía te quedan ganas de denigrar a los que te formaron, hacelo sabiendo que los únicos beneficiados con tanto odio son justamente esos mismos personajes nefastos que no soportás.

 

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