La historia de dos mujeres con identidad sustituída que buscan en un pasado oscuro,una de ellas vivió en Calchaqui.

 

Ambas fueron sustraídas pocos años antes del inicio de la dictadura militar pero en sus vidas subyacen los vínculos con fuerzas de seguridad de la época. Ya durante el onganiato se empezó a trabajar con el robo de bebés en distintos puntos del país.

Dos historias de mujeres con identidad sustituída, entregadas antes del golpe de estado de 1976, pueden ayudar a descorrer el velo de prácticas nefastas pergeñadas por oscuros personajes, que las perfeccionaron luego, en la dictadura. María Eugenia Atencio tiene 43 años y hace cuatro años que está buscando su identidad de origen. A los 38 su padre le confió que era un niña apropiada “no adoptada porque no hay registro de adopción sino que tengo mi identidad sustituída, o sea que fui anotada como hija biológica cuando no lo era”, confiesa por primera vez ante este cronista. Su padre que era policía la fue a buscar “a las once y media de la noche al Sanatorio Norte (Rondeau y Washington) donde me entregó un hombre de apellido Barrón, que dos meses después fue asesinado por las fuerzas de seguridad en la calle. Supuestamente lo mataron porque estaba en el tráfico de bebés, según me contó mi padre”. María Eugenia cumple hoy 44 años. Cuando este diario esté en la calle, su historia empezará a rodar, y tal vez ayude a fijar una nueva fecha en su calendario. Y, seguro, no será una más.

Su fecha de nacimiento según la partida es el 4 de junio de 1973. Su padre, Felipe Atencio, falleció el 29 de enero de este año. Era egresado del Liceo Militar de Santa Fe y tuvo destino en Rosario, Cañada de Gómez en Santa Felicia en la Guardia Rural Los Pumas, en Tostado y lo jubilan siendo subjefe de la Jefatura de Villa Constitución.

“Mi padre trabajaba en la comisaría séptima de Rosario, de Cafferatta al 300 y mi madre en la tienda La Buena Vista de Cafferatta y Urquiza. Era la secretaria de los Benzadón, los dueños. Mi padrino fue Juan Calore que tenía el bar de Cafferatta y Santa Fe”, relata. 

Con certeza María Eugenia no pudo reconstruir demasiado: entre los datos indubitados está su partida de nacimiento firmada por una obstetra. “La firma es de Margarita Elizabeth Fredes, que es la persona que firma varias partidas en esa época y en una zona determinada de Rosario, ubicada entre Pellegrini, Salta y Avellaneda”, afirma María Eugenia confiando entonces que el grupo se formó a partir de un sitio web “Nuestra primera página”.

Su padre le aseguró que no era hija de desaparecidos y que no había pagado por ella. “Pero mis compañeros de esta página, todos de Rosario, me cuentan que por ellos han pagado como si fuera el valor de una casa, para que fueran entregados”.

A los dos años de edad María Eugenia se mudó a Calchaquí a vivir con su familia. El destino de su padre, el “Indio” Atencio, fue la Guardia Rural Los Pumas ubicada a unos 50 kilómetros de allí, en Santa Felicia, desde 1975 hasta 1986. “Solíamos pasar las fiestas de fin de año en ese lugar, donde mi padre siempre estaba con los jefes. Recuerdo que éramos muy cuidados, no teníamos libertad de andar por un predio muy amplio. Siempre estábamos muy vigilados”, recuerda.

 

“Soñaba con una bebé que estaba en una casa, en la que un escuadrón ingresaba a robarla de forma muy violenta”.

 

“Cuando leí los libros de Carlos del Frade, entendí algunas cosas, por ejemplo que el predio estaba cercado y con explosivos. Yo no me podía acercar al alambrado, y solo después de esta lectura entendí porqué”, reconoce.

La mujer confiesa entonces que siempre tuvo una pesadilla: “veía a una bebé que estaba en el centro de una casa, en la que un escuadrón militar o de policías ingresaba a robarla de forma muy violenta. Era tan fuerte que la gente que dormía cerca mío, me tenía que despertar cuando la tenía. Finalmente cuando a los 38 años mi padre me confesó que no era su hija biológica, esa pesadilla desapareció”.

El de Marcela Cabrera es el otro caso: “nací supuestamente el 28 de octubre de 1972. Según me cuenta mi padre, que era gerente de Acindar y que ahora está fallecido, unos hombres pasaron a buscarlos por la casa donde vivían en la zona oeste, a altas horas de la noche, dirigiéndose a Funes, donde me entregó una señora. Luego ese mismo auto los dejó a la entrada de Rosario en Córdoba y Wilde. Mi madre me dijo que la persona que hizo de nexo es una vecina, que aún vive y se llama Fulvia Villafañe de Méndez, a la cual le he preguntado en varias ocasiones y siempre me cuenta una historia distinta”.

Según la mujer “en mi partida de nacimiento figura la partera Beatriz Forte de Macciotta, que según pude averiguar es familiar de ‘la Charito’ quien fue amante de Agustín Feced. Su hermano se llama Juan José Forte y era jefe de la cárcel de encausados de Zeballos y Ricchieri. Esta mujer tenía varios consultorios: Buenos Aires 1375, otro en zona oeste, en Pasaje Oliden 4462, y otro en Funes, en Pedro Ríos al 1500”.

“El testimonio de estas dos mujeres revela que desde los tiempos del onganiato, las fuerzas armadas y ciertas élites de las fuerzas de seguridad provinciales, ya trabajaban con el secuestro de personas y el reparto de los bebés, hijos de los ‘enemigos”, afirma el diputado provincial Carlos del Frade. “Cuando Agustín Feced dejó de ser jefe de la policía rosarina con la llegada de la primavera camporista y los últimos días de Perón, siguió en su actividad siniestra como integrante de aquel batallón 601. Las voces de estas valientes mujeres que cuentan por primera vez su historia reafirman que la represión ilegal y el secuestro de bebés es una práctica que, por lo menos, se inicia a partir del año de las grandes ebulliciones sociales de 1969”, remarcó Del Frade.

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