El enfermero salteño de 65 años que camina más de cinco horas para ir a trabajar

28/1/2019

 

Cada mañana, alrededor de las 8, el enfermero Teófilo Cari sale de su casa de adobe y techo de caña y paja ubicada en el paraje Capilla, en el corazón de la Quebrada del Toro, a 3.200 metros sobre el nivel del mar. Despide a sus perritos Palala y China y al gato Beethoven. Contempla la hilera de sauces, el manzano (lleno de frutos en esta época), al duraznero, su jardín de rosas y dalias, la acequia que se desvía del arroyo ubicado a 100 metros de su propiedad y emprende una caminata de casi cinco horas entre medio de los áridos cerros puneños rumbo a su puesto de trabajo, en la salita de Las Mesadas.

Teófilo, publica diario El Tribuno, realiza esa travesía desde hace 32 años y este sería el último porque le quedan pocos meses para cumplir 65 años y jubilarse.

Por esas latitudes, donde los vehículos no pueden ingresar, las distancias no se miden en kilómetros sino en horas. A partir de unos años atrás, al enfermero los caminos se le hicieron más largos porque no puede montar a caballo debido a una patología.

En sus más de tres décadas de experiencia profesional le tocó asistir varios partos en la precariedad que existe en esas localidades ancestrales.

Los dos últimos que recuerda fueron hace 12 años, cuando tuvo que ser partero de emergencia. En uno iba con su paciente rumbo al hospital de Cachi arriba de dos caballos, pero la mujer empezó con el trabajo de parto en el camino y tuvo que improvisar con frazadas una carpa donde trajo al mundo a un niño, quien hoy reside en la zona de Potrero de Payogasta.

En el otro caso, había solicitado un helicóptero para que busque a una joven que estaba complicada en el proceso de parto. El viento impedía que la nave llegara a Las Mesadas, por lo que dos médicos emprendieron el viaje a caballo desde Cachi, pero la mujer no pudo aguantar y, media hora antes de que lleguen, Teófilo la ayudó a dar a luz una niña, quien ahora vive en Campo Quijano.

Esos dos bebés que estuvieron en sus brazos están entre los últimos que nacieron en los cerros.

“Entre Capilla y Mesadas quedamos unas 65 personas, la mayoría son gente de edad. Antes éramos muchos más. Todos los que van saliendo de la escuela ya no vuelven”, relató el enfermero, quien conoce de primera mano el destierro que atraviesan las localidades puneñas.

Sus cinco hijas y su hijo tuvieron que emigrar del lugar donde nacieron en búsqueda de un nuevo modo de subsistencia. Cuatro viven en Campo Quijano, otra en Ingeniero Mauri y el varón trabaja como guía en la ruinas arqueológicas de Santa Rosa de Tastil.

“Los cambios son terribles en cuanto a las personas que quedaron en Capilla y Mesadas”, explicó Teófilo.

También contó que la forma de vida de esos parajes sigue prácticamente igual a la que conoce desde que nació.

“La gente sigue con sus sembradíos, ganados y tejidos. Siembran habas, papas, hacen queso y luego lo llevan para Payogasta a cambio de mercadería”, describió el enfermero.

 

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