Es empleada doméstica y defiende con orgullo su trabajo

“El domingo al mediodía sí o sí es para la abuela”, dice Mercedes con una sonrisa enorme en la cara, orgullosa de recibirnos en su casa con toda su familia en la mesa y bandejas con manjares que no paran de desfilar: humita en chala, empanadas salteñas, carne a la pizza y papas fritas. Ante la pregunta de qué es lo que más le gusta hacer cuando no está trabajando, Merce responde: “limpiar y cocinar”. Es salteña y tiene en los genes el don culinario.Tiene 65 años y es empleada doméstica, profesión que defiende con orgullo. Se dedica a esto desde los 12 y aunque ya está jubilada, sigue trabajando de lunes a viernes en casas de familia con una energía admirable. Es un culto al trabajo y una enamorada de lo que hace. “Mis hijos y mi marido me piden hace rato que deje de trabajar, pero yo si no trabajo no sé qué voy a hacer. Yo tengo que trabajar. A mí me han enseñado a trabajar, y nada más que a trabajar. Antes, si no trabajabas no comías. Es algo que no me puedo quitar, y aun con mi edad, mi forma de disfrutar la vida es trabajando”, afirma Mercedes. 

Mercedes sonríe al recordar anécdotas de sus primeros años en Córdoba. (Javier Ferreyra)

Respecto a su profesión, ella asegura que nació para esto: “Amo este trabajo, lo amo con fuerza y no me avergüenza para nada. A mí me gusta ordenar, me gusta limpiar. No podría haber sido otra cosa en la vida. Yo no reniego de lo que hago, me pagues bien, me pagues mal, no reniego. Lo mío es vocación”.

Al tanto de que este lunes es el Día del Personal de Casas Particulares, se muestra conforme con la celebración y los derechos adquiridos, y aunque ama lo que hace, es crítica ante la situación que viven muchas de sus compañeras: “Se de algunas mujeres a las que los patrones nos las dejan ni desayunar en el trabajo, mucho menos parar para almorzar, ni hablar de darles un vaso de agua. Me quiero morir cuando me cuentan esas cosas, porque no corresponde. Yo tuve la suerte de que en todas las casas de familia que trabajé y trabajo, mis patrones me han tratado excelente. En una de las casas hago de comer y mi jefe le pide a los hijos que me ayuden a poner la mesa, les pide ‘un aplauso para Mercedes’ cuando cocino algo rico, y ese tipo de cosas que a mí siempre me han hecho sentir muy bien y amar mi profesión. Pero se que soy una privilegiada”.

Una salteña de ley. Mercedes, feliz, ofreciendo empanadas salteñas y humita en chala a toda su familia (Javier Ferreyra).

SU HISTORIA. La vida para Mercedes no fue nada fácil. Nació en Salta hace 65 años y su madre murió en el parto. Siendo la menor de tres hermanos, sufrió la pérdida de uno de ellos y el dolor de tener un padre alcohólico que poco se ocupó de su crianza. Mientras muchas de su edad jugaban a las muñecas o hacían castillos en el barro, ella tuvo que renunciar a sus derechos de niña y comenzar a trabajar para poder subsistir. Tenía 12 años cuando obtuvo su primer empleo en una casa de familia en Salta, donde también cuidaba a dos pequeños. Cuando tenía 15 años, su padre falleció de cáncer al intestino y ya no le quedaron motivos para quedarse en aquella provincia. Así fue que emprendió el viaje hacia Buenos Aires, donde estaba su hermana mayor, y allí continuó trabajando aunque cama adentro, con sus pocos años. “Era la primera en levantarme y la última en ir a la cama. Trabajaba muchísimo, tenía que hacer todo, así es cuando estás cama adentro. Aprendí muchas cosas, los patrones eran muy exigentes”, recuerda.

Estuvo sola, muy sola. Le faltó el calor de hogar que todos los niños merecen y quizá eso fue lo que la llevó a enamorarse de alguien 18 años mayor. Tras aquello que creía que era amor, fue que volvió a Salta y tuvo a David, su primer hijo a sus 18 años. Sufrió infidelidades y entendió que el padre de su pequeño no era la persona indicada. Se armó de valor, dejó todo y con su niño de apenas 3 años en brazos se subió a un colectivo que marcaba como destino final Córdoba, lugar donde no conocía a nadie y del que nada sabía. Tras el largo día de viaje se bajó del micro, se sentó en una plaza y lloró y lloró. La decisión estaba tomada, no tenía más opción que seguir adelante. Golpeó infinidad de puertas de hospedajes hasta que uno, el de doña Edith, la recibió con su hijo. Edith fue como su madre, y Alicia, su compañera de cuarto, como una hermana. Poco a poco empezó a forjar una nueva familia en la ciudad. Siguió trabajando, era lo que mejor sabía hacer. Esta vez en un restaurante lavando platos y en horario sacrificado: de 20 a 6 de la madrugada. “Me dormía con la esponja en las manos, pero tenía que trabajar, tenía un hijo que criar”, recuerda Mercedes.

Mercedes Gaspar, una trabajadora incansable (Javier Ferreyra).

Se volvió a enamorar, y así fue como nació Natalia, su segunda hija. Estaba embarazada de Carlos, el tercero, cuando el padre de ambos la dejó por una amiga. Era el segundo fracaso amoroso, eran tres hijos que criar, y el dolor era demasiado. No importó, Mercedes siempre con la cabeza adelante, y refugiándose en el trabajo. Ya llegaría el indicado. Y llegó. Fue Pablo, con quien está hace 32 años y a quien conoció en la parada del colectivo que frecuentaba a diario. Es su gran compañero, es su refugio, es el papá del corazón de sus tres hijos y es quien la hizo volver a creer en el amor.

Al tratar de definir cuál fue el mejor momento de su vida, Mercedes se detuvo un momento. Después de mencionar el nacimiento de sus tres hijos, la respuesta fue: “son estos”. Ella disfruta de las cosas simples de su cotidianeidad, de tener salud para poder trabajar, de poder agasajar a sus hijos con ricas comidas los domingos, de llevar a sus nietos a tomar un helado, de ver una película en la cama con su marido, en una tarde lluviosa de domingo. 

Forjó una hermosa familia. Tiene tres hijos y tres nietos, y el domingo es el día para el encuentro. (Javier Ferreyra).

Forjó una hermosa familia. Tiene tres hijos y tres nietos, y el domingo es el día para el encuentro. (Javier Ferreyra).

 Fuente: Dia a dia

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