Cuando el sueño de ser padres se apaga con el dolor

Intensa búsqueda para convertirse en padres. Pero al fin, todo llega. Piernas hinchadas, rostro fatigado, caminar lento, mucho reposo cómo recomienda el médico, pataditas en el vientre. Y que nombre le ponemos? … Y en el fondo del rostro, casi indisimulable, una sonrisa que se mezcla con la de su pareja hilvanando miles de sueños para ese hijo que vendrá.

En un rincón de la casa, el canasto bordado de colores con escarpines, batitas, la almohada que trajeron los abuelos. Y los regalos empiezan a llegar, antes del nacimiento. Por ahora de cualquier color, hasta que la ecografía nos devele el misterio. Porque este hijo, nieto, sobrino, ahijado, amiguito…es esperado por todos. Y así pasan los meses, hasta que llegue el día tan esperado en que el llanto esté en sus brazos.


Tanta espera. Tantas ilusiones. Tantas esperanzas. Tantos sueños que se ven cumplidos cuando llega ese hijo que tanto esperaban. Y que algarabía se produce cuando se cumple eso que tanto queremos. Colocamos la bandera a cuadros en lo más alto para que todos sepan que nos sentimos triunfadores.
Pero cuánto dolor, sin explicaciones muchas veces, o sí, cuando ese día que pensábamos que iba a ser el más feliz se transforma en el más doloroso de la vida. 


“Su hijo nació muerto”, se escucha decir. Qué triste noticia. Que dolor incalculable. “Pero si hicimos todo lo que nos dijo el médico”, se lamentan los padres sin consuelo. “Fuimos a control tantas veces cómo fue necesario”. “Ayer vinimos a control y nos dijeron que estaba todo bien”. “Quien nos responde?”. Y rompe el llanto una, otra, y otra vez. Y se sienten vencidos en esta batalla que traen desde hace mucho tiempo para cumplir el sueño de ser padres. Mucho más de nueve meses. Mucho más. Por eso le dedicaron tanto cuidado, cómo se les indicó. Ellos hicieron todo “al pie de la letra”, pero al parecer algo, o alguien, falló. 


Que gratificante sería encontrar la respuesta a tanto dolor. Y qué alivio, aunque no tenga solución, debe ser escuchar a que alguien se presente y diga: “Yo sé que no alcanza, pero vengo a pedirles perdón, porque esta vez fallé. Ustedes hicieron todo cómo se los indiqué, pero me equivoqué y hoy tienen que soportar este dolor por mi culpa”. Ya es tarde, es cierto. Pero al menos servirá para que no vuelva a ocurrir. Y que otros padres, sufran lo mismo.

Por Ramón Pucheta.

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