91 años cumple el “Caramelero” de la ciudad de San Justo

El caramelero Don Pérez, una leyenda viviente en su cumpleaños 91.
El ángel del caramelo16640556_10209026656998714_8766188185876835442_n

Hace 91 años que Alejandro Pérez llegó y todavía piensa quedarse un rato más en este mundo. El caramelero de San Justo es ese personaje que no pasa desapercibido en su ciudad y alrededores. Anda lento pero sin pausa. Dice que ha cumplido todos sus objetivos y revela que la clave de su felicidad está en la conducta, la honestidad y la buena salud.

Don Pérez es de esas personas simples, sin preocupaciones, que te espera con una silla para conversar de lo que gustes. Su memoria está intacta y es uno de los tesoros de este caramelero. Sus ojos verdes que miran muy atentos, se pueden observar cuando deja a un lado los lentes. El tiempo no parece haber pasado en su rostro, no hay una línea que marque su vejez. Sus manos en constante movimiento acompañan su relato y siempre tiene una sonrisa al finalizar una anécdota.

Alejandro Pérez nació en la lejana “Castilla La Vieja”, España. Cuando apenas tenía un año de vida sus padres decidieron como destino Paraguay, pero por razones de salud de su madre y por prescripción médica debieron viajar a Argentina. Se instalaron en Cabal, localidad muy cercana a San Justo, y luego, por cuestiones laborales se mudaron a esta última.

En sus primeros años siguió los pasos de su padre, que era hachero en el monte. Alejandro se imaginaba una vida de campo, pero el destino tenía otro oficio para él: ser caramelero.
Hace 76 años que vende golosinas, a pie o en triciclo. Él endulza las calles de la ciudad de San Justo, localidad ubicada a 100 kilómetros de la capital santafesina. Casi todos los días sale con su pintoresco atuendo de caramelero: gorra blanca y chaqueta azul como el guardapolvo de los estudiantes de su escuela favorita, la Escuela de Educación Técnica N° 277, Fray Francisco Castañeda.

Alejandro vive rodeado de golosinas. En su casa tiene un kiosquito para no aburrirse. A primera vista los estantes no están muy ordenados, la mercadería está escondida entre bolsas y cajas, solo Don Pérez encuentra aquello que uno busca.

Después de recorrer un largo pasillo, llegas hasta su casa. Pareciera que la han hecho a su medida, dos centímetros más y Pérez tocaría el techo. Al hacer sonar las palmas de la mano y mientras abre el portón para que entre luz, Alejandro da la bienvenida con un saludo cordial e invita a pasar. Presenta a su compañero: un triciclo particular. Es de color verde y en la parte delantera tiene un cajón de madera, en el caben miles de golosinas, de cualquier gusto, color y forma.

Una vez adentro, pasa a la habitación contigua, dos sillas ya están preparadas. Es un ambiente sencillo, refleja la apariencia de Alejandro, que hoy deja su atuendo de vendedor para contar su historia. Acerca una mesita que está a un costado, se acomoda y comienza a hablar.
— ¿Cómo empezó a vender?
— Nosotros trabajábamos en el monte. Mi papá había tomado en el ‘80 un obraje en San Justo y cuando vinimos lo habían embargado los turcos – haciendo referencia a las colonias de inmigrantes que poblaban en esa época las tierras de la ciudad -.
Y acá quedamos. Entonces yo armé un cajón de madera y con una soga me lo colgué al cuello y salí a vender caramelos. Era muy chico, fue en el año 1940, yo tenía 14 años. Lo llené de golosinas y ahí empecé. Yo ni tenía pensado vender, a mi me gustaba el monte, derribar árboles me encantaba.
— ¿Hace cuánto que anda con las golosinas y el triciclo?
— Que ando vendiendo hace 76 años y con el triciclo son 73 años más o menos. Al triciclo me lo ofrecieron Los Kolly – los dueños de una bicicletería de la ciudad – y se los compré: Una vez que me subí, no me bajé más.
— ¿Cuál era su recorrido de siempre?
— Yo vendía en la Escuela Fábrica – haciendo referencia a la actual Escuela de Educación Técnica N° 277, Fray Francisco Castañeda – también vendía en la Escuela Normal y en la 431. Andábamos en los recreos. Después vendía en los trenes, en los ómnibus o en la plaza. En los años ‘60/’70 íbamos – dice refiriéndose a los demás vendedores ambulantes- a todas las fiestas, a Crespo, a la Fiesta de Los Paisanos; a Colonia Dolores; a la Fiesta de Los Indios.

Don Pérez es ese tipo que mira a la nada pensando en todo. Sus ojos reflejan el orgullo que siente al contar sus hobbies, sus anécdotas y sus recorridos por las distintas ciudades y pueblos del departamento de San Justo.
Una pared detrás de él refleja gran parte de los reconocimientos que le han hecho por su trayectoria y mérito. Pero además no deja de señalar su diploma de Honor por el Primer puesto que obtuvo en la Carrera Ciclista de Novicios, en el año 1946. Y más abajo, se encuentra un peculiar cuadrito que está cargado de experiencia y felicidad; la fotografía que está allí muestra a Alejandro feliz con su guitarra. “El flaquito de la derecha, ese, soy yo”, dice sonriendo.
— En estos 90 años, ¿qué es lo que mejor logró?
— He logrado mucho, mucho compañerismo. Con la música me he divertido mucho y con el ciclismo también.
Don Pérez no sólo recorrió las calles de San Justo con su triciclo. La pasión por la música y los caramelos lo acompañaron a visitar los diferentes pueblos y colonias que rodean a la localidad. Bastaba con saber que había un baile o una fiesta para que tomara un tren y se haga presente en el lugar.
— La música y el ciclismo, ¿eran sus hobbies?
— Sí. Yo hacía música porque me gustaba. Íbamos a La Negra, a La Blanca, a Crespo, Colonia Dolores, a todos lados a tocar; y se acostumbraba a qué venía uno y te decía: “me puede dedicar una pieza para mi novia o para la señora”, y yo la miraba a la muchacha en cuestión y le hacía una improvisación. Con mirarla ya me salía, era un don. Y eso le gustaba a la gente, me aplaudían y se reían. Porque el músico sino es alegre no sirve.
— Y usted, ¿se considera una persona alegre?
— Si, todos quieren saber por qué estoy siempre igual.
— ¿Y cuál es el secreto?
— En primer lugar se debe tener una conducta intachable desde el nacimiento.
No soy de ir al médico, pero tengo que ir a un control, hace como dos años que no voy. Y bueno, tengo un libro medicinal y muchas cosas me la he curado yo.
Unos años atrás me agarró un pre-infarto, me llevaron a Santa Fe, y cuando me mandaron de vuelta me dijeron: “bueno Don Pérez, por un mes no agarre el triciclo”. Y estuve dos meses sin agarrar el triciclo…
— ¿Qué le pasó en esos dos meses?
— Sentí mucha angustia, porque la muchachada me extrañaba y me llamaba. Pero yo les dije, por muchos años más no voy a seguir – les dice a los chicos de la escuela y a la gente, cuando se ausenta por un tiempo y preguntan por él -.

Don Pérez reconoce que el bandoneón y la guitarra le brindaron muchos amigos, que hoy recuerda con nostalgia. El tiempo pasó y ya no están en esta vida para seguir conversando en una esquina o compartir un escenario.
De igual manera, Alejandro se adueña de las sonrisas de los alumnos cuando lo ven llegar a la escuela. Él tiene su lugar, siempre detrás de las rejas verdes y bajo un alero. Es para que los chicos no se desesperen y poder atenderlos a todos – cuenta Alejandro mientras se ríe –

— ¿Qué siente al saber que es tan querido?
— Hace muchos años yo no me imaginaba que iba a tener tanto aprecio por parte de la gente. Siempre fui una persona respetuosa. Me gusta respetar y que me respeten. Siempre estoy alegre, así voy por la vida.
Pero la cosa ha cambiado enormemente. La conducta de la gente ya no es la misma. Todos andan acelerados. Hace 100 años atrás o un poco más, se demoraba una semana para ir a buscar la harina a Esperanza y ahora quieren ir en 5 minutos, ¿cómo puede ser? ¡Están todos locos!

— Si me tiene que decir una palabra que lo defina, ¿cuál sería?
— Yo me defino como una persona honesta. Nada más. Como debe ser la persona. Porque la plata no es felicidad. La plata es linda tenerla para vivir bien, y el que tenga mucha plata que comparta.
Yo me confieso así, porque la gente lo reconoce así. No le tengo envidia a nadie, la felicidad mía es la conducta, la honestidad y la salud. Yo siempre pido, que la gente honesta tenga buena salud, porque la naturaleza a mi me ha ayudado mucho en la salud, muchísimo.

Muchos no me creen que tenga un stent – dispositivo que ayuda a corregir el estrechamiento de las arterias del corazón-, porque así como me veo ahora, así fue que me llevaron y me pusieron un stent.
De todas las enfermedades que he tenido, que no son muchas, me he recuperado enseguida. Yo digo que soy como el perro, el perro se lastima y se lame. Pero eso no quiere decir que no me voy a morir.

— ¿Qué lo inspira a levantarse todo los días?
— Conversar con la gente. Y eso que ya se me han muerto casi todos, la gente con la que yo sabía conversar y de los compañeros de la música queda uno no más creo, porque se han muerto casi todos.
Porque la verdad, es que no somos nada en la vida, somos un paso. Yo les digo a todos: no somos nada, somos sombra. Yo estoy aquí y mañana ya no estoy más y se terminó. Estamos de paso.
— ¿Tiene algún objetivo antes de convertirse en sombra?
— Yo creo que los he cumplido a todos. Lo único que le pido a la gente es que sean todos honestos, pero cada vez hay menos y eso me molesta. A mi me molesta.
La gente me adora porque yo me he hecho querer. Yo no desprecio a nadie, me gusta conversar y aconsejarlos si puedo.

El caramelero de San Justo actualmente solo visita la Escuela Técnica. Hoy le cuesta un poco más encarar los vientos, pero no se rinde. Sabe que el ingrediente principal es ser una persona honesta y tener personalidad propia ante la vida. No tiene duda de que estamos de paso por este mundo y que todos vamos a desaparecer, somos una sombra…

Sin titubear y con la mirada en alto, como no podía ser de otra forma, se despide recitando unos de sus canticos: “Con el correr de los años, se nos acorta la vida ¿no es cierto? Por eso no debe ser muy extraño que muchas batallas fueron ganadas y otras tantas empatadas. Y entre el ir y venir, el hilo del carretel va acortando su tirada”.

Por: Fernanda Bernasconi

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